Consumo, derroche y descarte
Caso
En el barrio de San Lucas, de una capital de provincia, viven familias de clase media, estudiantes y personas mayores que viven solas. Hay acceso a buenos servicios públicos y el nivel de consumo puede considerarse medio.
En los últimos años, el ayuntamiento ha ampliado los sistemas de recogida selectiva de basura y ha lanzado campañas para concienciar sobre el reciclaje. Los vecinos de San Lucas separan los residuos con cierta diligencia y consideran que cumplen así con su responsabilidad ambiental. Sin embargo, los datos municipales muestran que el volumen total de desechos domésticos sigue aumentando, especialmente en lo relativo a envases, ropa y pequeños aparatos electrónicos.
En muchos hogares del barrio se repite una escena habitual: armarios con ropa apenas usada que ya no se pone porque pasó de moda; cajones llenos de cables, teléfonos antiguos y pequeños electrodomésticos que todavía funcionan, pero han sido sustituidos por versiones más nuevas; alimentos que caducan porque se compraron en exceso aprovechando ofertas, y que acaban en la basura. Cuando llega el momento de hacer limpieza, gran parte de esos objetos termina en el contenedor, a veces reciclado correctamente, otras no.
Antonio advierte que estas prácticas no obedecen solo a descuidos puntuales, sino a una forma de consumir que se ha ido haciendo normal: comprar con facilidad, acumular más de lo necesario, sustituir antes de tiempo y reparar o reutilizar cada vez menos. A veces piensa que todo ello puede quedar justificado porque “el sistema está pensado para eso” y porque, mientras se recicle, ya se cumple con lo esencial. Otras veces siente cierta incomodidad moral, pero se ve arrastrado por un ritmo de vida en el que las plataformas de venta en línea, las entregas rápidas y la publicidad personalizada hacen que adquirir algo nuevo resulte más fácil que conservar, arreglar o aprovechar lo que ya se tiene.
Tiene mensualmente una tertulia con amigos, en la que se habla de temas actuales. El otro día salió la cuestión del estilo de vida consumista. Surgieron preguntas incómodas al comparar la abundancia cotidiana con la precariedad de otros barrios de la misma ciudad y con las noticias sobre el impacto ambiental del exceso de residuos. Algunos defendían que cada uno es libre de consumir como quiera, con tal de reciclar en casa. Otros se preguntaban si este modo de vivir, aunque socialmente aceptado, no acaba fomentando una mentalidad de derroche y descarte con consecuencias reales para los más pobres, para la vida social y para el cuidado de la creación.
Antonio ve que en su barrio no hay ahora mismo ninguna crisis visible ni parece haber necesidad de tomar decisiones urgentes. Quizá, piensa, sí habría que hacerlo en otros lugares, pero no ahí. Sin embargo, al pensar en sus hijos y en sus nietos, se pregunta si este estilo ordinario de consumo no encierra ya un problema moral y qué mundo vamos a dejar a las siguientes generaciones.
Se pregunta:
1. ¿En qué medida las prácticas cotidianas descritas —comprar en exceso, sustituir objetos que aún sirven, tirar lo que todavía puede usarse— pueden expresar una mentalidad consumista moralmente relevante, aunque estén socialmente normalizadas y no parezcan causar un daño inmediato?
2. ¿Qué criterios pueden ayudar a no dejarse llevar por una mentalidad consumista y de descarte en la vida ordinaria?